¿Por qué regresa por la noche el infierno, el dolor, la desdicha?
Será que esas eran las horas en las que te tenía más cerca y ahora, ahora que no estás, ese vacío duele a esas horas... y comienza la tormenta.
Empiezo a ver cómo se nubla, cómo se cierra el cielo y los truenos lejanos electrizan el aire.
La tormenta no está afuera; está adentro, no hay forma de escaparse de esta... no existen refugios de uno mismo, los rayos tienen que caer; piedra, granizo... agua... llanto.
No sirven los paraguas... sirven las manos que sostienen, que abrazan y que ayudan a pasar... la tormenta.
Esa que nace adentro, que duele en cada relámpago y que arrasa con todo... menos con lo que duele, con los recuerdos... los más dulces... y los más siniestros, esos que uno deforma con su pensamiento.
Hay que pasarla... la mayoría de las veces solo. Porque no todos son capaces de quedarse a verla pasar, los pusilánimes abundan, esos que ante lo oscuro deciden irse y admitir que no pueden.
No puedo llamarles valientes, a eso que admiten que no pueden y huyen... dejando atrás a un desvalido.
No puedo, porque yo, que he quedado muchas veces atrás, en medio de la tormenta, yo, no sé de dónde, yo, que he admitido que no podía, yo me quedé, cada vez me quedé ante otras tormentas que no eran mías, aunque me dolían...
Me quedé... porque los otros desvalidos eran como yo, frágiles, solitarios.
No era justo que los dejara enfrentar la tormenta solos. No podía verlos sufriendo, aunque no supiera cómo, me quedé... es mejor que quedarse solo... ¿no?
Es quien soy yo. Es lo que puedo hacer... es mi huella en este mundo, la empatía remarcada, que me asedia aunque no quiera, desmedida y me hace olvidarme di mis propias tormentas... hasta que estoy sola frente a ellas. Esa soy, y no sería otra, no querría. No podría cambiar eso... porque dejaría de ser... quien soy.
Quizás... quizás era justo y conveniente que yo enfrentara mis tormentas en soledad (conveniente para quién, me pregunto), que fuera dejada atrás por aquellos a quienes yo nunca, jamás dejaría. Que me vean y decidan que no hay ayuda posible, que tendré que enfrentarlo sola, que es por mi bien... que lo que no mata fortalece...
Es un precio demasiado alto. Capaz no mata... pero endurece. O sí mata: mata la empatía, el corazón... Es un precio demasiado alto, repito, estar solo.
Y están los que no ven que llueve, porque sus propias tormentas los enceguecen... Y estamos los que vemos las tormentas de otros a través de las nuestras, aunque las veamos apenas. Y están los que no pasan tormentas, ni las llevan, ni las quieren, ni las ven... ni las ayudan a pasar, los que se alejan, siempre se alejan. Y sonríen.
¿Será que hay que fingir que no llueve entonces, para no quedarse solo? A veces... siento que sí.
Sein embargo, temo. Temo que las tormentas un día se descontrolen y no paren aunque se haga de día. Que el infierno triunfe y se me acabe le vida y la sonrisa y la luz y la risa... y todo eso temo. Lo temo porque es lo que pasa ahora... pasa la noche, pasa el día,, vuelve la noche... y sigue la tormenta... o parece que para y no... empieza con más fuerza... y me destroza los árboles, me inunda los ríos y me anhega los prados, los deja salados, demacrados, pálidos y sin sol, sin ganas de algo, con ganas de nada y con la desilusión en la mirada siempre húmeda y callada... y la voz muerta, ahogada, que sólo suena para que retumben los truenos, los dolorosos trenos...
Temo que terminen conmigo y se vuelva todo más frio, que yo elija morir para dejar de estar empapada de tormenta... Que el agua no dé lugar a la vida sino a un pantano, adonde ahí sí, nadie va a aventurarse a buscar a un desvalido, porque los pantanos... los pantanos son tóxicos, evenenan. Hay que apartarse de lo pantanos. En los pantanos viven los ahogados... y los ahogados te miran... y no pueden decir nada de nada, porque el agua de la tormenta les tapó la voz y ya no hay nada que decir. Porque no vale la pena. Porque... ¿por qué? Porque no tenía fuerzas suficientes para pasar la tormenta...
Quizás... ¿yo soy la pusilánime entonces?


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