17 de abril de 2018

Malas costumbres

Estamos acostumbrados a quejarnos. Esa es la manera más fácil y a mano de expresar nuestro descontento.
   Pero qué pasa cuando somos nosotros el motivo de la queja: ponemos excusas. Nos justificamos y hasta le echamos la culpa a otros, a otras cosas o circunstancias. Incluso los hay que declaran con toda impunidad: "soy así, no hay vuelta", o por el estilo. Con mal o buen tono, da igual.
   Así, nos está permitido juzgar las acciones de los demás pero no las nuestras. O sea.

   En la medida en que vamos tolerando nuestras malas costumbres (dejamos de levantar un papel, arrojamos basura al viento, no seco el baño cuando acabo de bañarme o dejo cosas sucias en la pileta, por dar algunos ejemplos), empezamos a ponernos menos exigentes con nosotros mismos. Nos relajamos y aflojamos. Algunos optan por no quejarse ya, pues qué voy a decir de nadie si yo hago lo mismo. Y lo puedo empeorar, claro.
    Después, cuando no encontramos algo, viene la queja, la acusación casi siempre infundada. El descontento. El enojo. Y así. Casi nunca el arrepentimiento.
   Hoy no limpiás tu habitación. No lavás una taza. Hoy no tengo ganas. Y si el otro tampoco lo hace por qué tendría que hacerlo yo. Pero después, si el barrendero no hace su trabajo somos los primeros en hablar. O si alguien guardó tus cosas en donde no iban (porque vos nunca las guardaste) le llamamos metiche. El otro tiene que soportar tu desorden. El otro debe entender que vos no vas a cambiar. Ah... Pero si esta limpio cuando llegas a casa... Qué lindo. Y dejás las cosas por ahí, sin tomar consciencia de que eso no lo hizo la magia. Fue alguien.
    El otro. 
    Pero para lo bueno, el otro no existe, salvo para tu silencioso beneficio. Y que no te vaya a decir nada porque ahí entra la frase: yo no te pedí que lo hicieras.
   Típico. Y tópico... Tópico de los egoístas. De los que se quejan. De los que no ven más allá de sí mismos. 
   El día que mates a alguien no va a ser diferente... Porque se empieza por un simple acto de egoísmo, para caer en el mayor acto de soberbia. Y nadie está libre de ser egoísta.