16 de febrero de 2019

Fin de semana y soledad




Odio los fines de semana en Córdoba.
Saben a soledad.
No está la familia a veces odiosa pero reconfortante. Esa gente que no me deja en paz pero me da paz.




Nadie parece recordar o parar a pensar... que hay alguien solo, alguien que los días de semana comparte los pasillos de la facultad, las aulas... pero que debe volver a una casa muchas veces vacía. Que no tiene a dónde ir si tiene ganas o si ansía sentir el calor familiar, aunque sea ajeno. Los fines de semana llega la desvandada... y no parecen ni estar las loras en el parque. Olvidan que hay alguien que no podría siquiera sugerir que lo inviten. No sé. ¿Debería?

Me identifico con los indigentes en algún aspecto... (probablemente con poca justicia, lo admito). He sido pobre aunque nunca a ese extremo. Pero los veo y me duele; en algún punto puedo ponerme en su sitio (creo que nunca entendemos enteramente por lo que está pasando el otro, ni aún ni llegamos a una circunstancia similar). Siempre que he podido, me he acercado, sabiendo que él o ella la mayoría de las veces compartiría sus mendrugos con quien fuera que se acercara... A veces no importan las monedas, sino más el hecho de ser tratado como un ser humano, de que les dirijamos la palabra, que reconozcamos que existen... (Por supuesto no quiero generalizar, pero ¿quién no quiere sentirse humano y que lo traten como tal, con esa dignidad?).


IMPORTA el hecho de sentir que se existe por el sólo hecho de ser nombrado y reconocido, no solamente porque respira y tiene un cuerpo que se mueve, una voz. Existe porque alguien lo recuerda y lo evoca y lo llama y está con él y lo hace sentir humano, amado, amable.





Vi a una ancianita la otra tarde cuando volvía en colectivo a casa. Estaba sentada fuera de un escaparate, pidiendo. En eso vino un muchacho que la saludó como si la conociera de siempre aunque era evidente que no. La sorpresa de la mujer... ¡y la alegría que vi en su cara! El chico se puso en cuclillas tras saludarla con un beso... ¡un beso! Como de un nieto a su abuela. Finalmente le dio algo medio a hurtadillas, algo que buscó en todos sus bolsillos y que evidentemente fue dinero. Pero ella que estaba pidiendo a cada transeúnte no esperaba esto de él. Y la sonrisa que le quedó tras que el muchacho se alejara...  fue impagable... ^_^ y el colectivo también partió. Me acordé de todas esas veces en que, cuando recién llegada a esta ciudad caminaba sola. Una vez una mujer me hizo señas desde un café y sentí un extraño regocijo ¡alguien me conoce! Pero mi desilusión fue terrible cuando vi que en realidad me señalaba la pañoleta que se me había caido... le agradecí y me alejé con ese regusto amargo y casi resignado. Cómo podía pretender que alguien supiera de mí... Me propuse conocer gente para no sentirme nunca más sola. Al final, la soledad sólo se acentuó y me pregunto si es solo un problema mío....


Yo no siento que existo los fines de semana. Odio los fines de semana en Córdoba. ¿Alguien recuerda que estoy sola ahora que me conocen? ¿Acaso tengo que obligar a la gente a que me recuerde? ¿acaso... alguien me conoce? Ah... antes me daba amargura este pensamiento. Y vergüenza... porque me sentía infantil y mendiga de atención. Ahora solamente siento esa pena de las cosas irremediables con las que una tiene que vivir... que una a veces decide callar para verse fuerte, formidable.


No puedo.... no puedo sentir un consuelo en las palabras de alguien que está lejos diciéndome "hacé cosas, salí, visitá gente, no te quedes en tu casa" mientras esa persona está rodeada de gente que la quiere aunque sienta que está sola. Hay personas junto a ella que no le son desconocidas, qe no le faltarán si las necesita. Mientras yo... debo conformarme con esas migajas, magro consuelo. Salir a esta gran ciudad y estar rodeada de gente que pasa de mí, hacer cosas sin nadie con quien compartirlas... puede ser bueno a veces. Pero no siempre. No prolongadamente.






Quizás, decía, quienes intentan consolarme desde la distancia se sientan solos allá, rodeados de personas que los conocen, con las cuales comparten cosas, pero eso no cambia el hecho real de que están rodeados en tiempo real de gente que los quiere mientras una está también en tiempo real sola, sin seres conocidos, queridos... y se tiene que conformar con la compañía virtual, con palabras. O adaptarse a la soledad, a la idea engañosa y desesperante de no estar sola cuando realmente lo está. Convencer a su cerebro de ello. De que no necesita compartir momentos con las personas realmente, que basta hacerlo de modo virtual, subiendo fotos y estados ridículos y casi simulados que al final... al final no llenan el vacío. No consuelan. Pero parece que todos coincidieran que se debe aprender a vivir así.

Y no es que no sepa vivir sola, hacer cosas en soledad. Es que prolongar eso, por más que a veces se disfrute, también te lleva a la desconexión con la realidad. El contacto humano se vuelve virtual y este pasa a ser la "realidad". Mientras que lo real... te adormece los sentidos, la empatía, las sensibilidad. Nos refugiamos en redes. El calor humano se pierde, se desvirtúa, se reduce a un acto banal, al servicio de placeres efímeros y sin compromiso, desconectados, que nos fragmentan. Nos rompen....


Nadie soluciona la vida de los demás. Pero la puede hacer soportable... si quiere.
Nadie entiende al otro si realmente no quiere entenderlo y solo repite fórmulas de consuelo que el día de mañana no lo consolarán a sí mismo.
Nadie debería decir que conoce a alguien si no sabe qué realmente hace sufrir al otro.
Nadie quiere llenar espacios de nadie. Y así estamos
Sí, Córdoba no me gusta porque siento más pronunciada la soledad. Y podría ser París o Gijón... Dublin, Salisbury, Pyongyang, o el Pan de Azúcar. No importa. Son lugares lejos de casa, sola.

Allí se magnifica el infierno. Y el infierno es el otro, según Sartre. El infierno es lo que no soy yo. Y yo estoy sola... qué loco...

Ciao!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Pon tus ingredientes...